Principales descripciones de Santiago del Teide en el último cuarto del siglo XIX

En el presente trabajo se incluye una decena de descripciones del municipio de Santiago del Teide, por lo general de extensión bastante limitada, salvo tres de ellas, todas del último cuarto del siglo XIX. En el conjunto de estas referencias bibliográficas se destacan diversos aspectos: situación en el contexto insular; altitud, relieve, límites o distancias a otras localidades; población; existencia de ayuntamiento, parroquia y escuelas; caminos o barrancos del término; cargos públicos y comerciantes; existencia de puerto; y recursos económicos existentes. No obstante, es evidente que todas no profundizan por igual y algunas solo inciden en algunos de estos datos.

A pesar de la limitada información que ofrecen estas descripciones, todas incluyen datos de interés para conocer algunas características de este municipio en la época estudiada, cuando aún se llamaba sólo Santiago o Santiago de Tenerife. Las que recoge el Anuario en sus distintas ediciones relacionan los pagos o barrios principales e incluyen una interesante relación de los personajes que ocupaban los cargos principales o asumían las principales actividades económicas. La de Millares destaca su antiguo carácter de villa de Señorío, su puerto y su iglesia parroquial. La de Stone, la más larga, llama la atención por la profusión de detalles sobre las costumbres locales, haciendo hincapié en la pobreza del término, la falta de agua y la importancia en la alimentación del gofio y los higos picos, que explica con bastante detalle. La de Ardanaz se centra en el relieve o topografía del término, así como en las principales vías de comunicación, su interés militar y la disponibilidad de alojamiento para las tropas. Edwardes, además de lamentar la empinada subida del camino por la ladera de Tamaimo, señala, al igual que había hecho Olivia Stone, la pobreza del pueblo y la curiosidad que los turistas despertaban en el vecindario. La de Vernau destaca, sobre todo, la comunicación por mar con La Gomera. La de Puerta Canseco es la más breve, pero incide en la existencia de escuela. Y la última, la de Arribas, hace una corta pero completa descripción, destaca su iglesia y su hijo más ilustre, recogiendo una graciosa anécdota relacionada con un personaje popular. Como curiosidad, ninguna menciona al vecino caserío de Masca, que pertenecía a la parroquia de Santiago, aunque dependía del ayuntamiento de Buenavista.

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El artículo “Vilaflor, lugar de reposo, lugar de cura” (1932), de los médicos don Tomás Cerviá Cabrera y don Tomás Zerolo Fuentes

     Este artículo, publicado en La Prensa el domingo 24 de enero de 1932, fue escrito por los médicos don Tomás Cerviá y don Tomás Zerolo.

     El primero, don Tomás Cerviá Cabrera (1902-1962), quien ya era por entonces director del Dispensario Antituberculoso Central de Santa Cruz de Tenerife, fue autor de la primera parte del artículo, la más extensa, en la que trata de poner de manifiesto las bondades climáticas de Vilaflor de Chasna como posibilidad de desarrollo económico, debido a sus cualidades sanitarias. Comienza destacando otras posibilidades de desarrollo de este municipio, apoyadas en su riqueza en agua, su agricultura, su situación estratégica en la comunicación entre el Norte y el Sur, su pinar, su altitud y sus indudables ventajas turísticas. Pero, sobre todo, destaca el valor del clima que caracteriza el pueblo, con sus cualidades tónicas, al ir unido a diversos factores, todos ventajosos: altitud, orientación, atmósfera, arbolado, radiación solar, agua, etc. Por ello, era un lugar ideal por su placidez y aislamiento para el reposo y la cura, sobre todo para los aquejados de enfermedades torácicas, en especial de la tuberculosis, la enfermedad más temida de esa época. Pero deja claro que el público no se podía llevar a engaño, pues sus propiedades no eran sobrenaturales. Afirma rotundamente que un clima tan bueno como éste no curaba la tuberculosis, ni aquí ni en ninguna parte, pero sí frenaba el desarrollo de la enfermedad; por ello, los enfermos que se fiaban solo del clima y no hacían el indispensable reposo, ni cumplían con los demás cuidados indicados por los facultativos, estaban condenado al fracaso. Las cualidades terapéuticas de Vilaflor también eran recomendadas para otras afecciones del aparato respiratorio, como el asma bronquial y los broncorreas, así como para aquellas que requerían un tratamiento helioterápico. Además, destacaba las virtudes de las aguas de sus manantiales (la Fuente Fría y el Traste), empleadas con éxito en afecciones digestivas y hepáticas. Pero esas ventajas climáticas no se aprovechaban lo suficiente, pues debía producirse una honda transformación en el pueblo, mejorando otros aspectos materiales, como el acceso, higiene, urbanización y arbolado, así como el establecimiento de hoteles, residencias y sanatorios; todos ellos elementos factibles y realizables. Por ello, concluía expresando que si tanto Vilaflor como Tenerife explotasen mejor sus valores naturales, sobre todo sus cualidades climáticas, se podría obtener una nueva fuente de riqueza, que convirtiese tanto a dicho pueblo como a Tenerife en un centro de primer orden desde el punto de vista turístico, de reposo y de cura.

     El segundo autor, don Tomás Zerolo Fuentes (1893-1956), por entonces cirujano jefe de sala del Hospital Civil de Santa Cruz de Tenerife, solo firmó los dos últimos párrafos, en los que también destaca las bondades climáticas de Vilaflor de Chasna desde el punto de vista sanitario, su cielo despejado y soleado, así como la protección del pueblo de los vientos del Norte, gracias a las cumbres que lo circundan y protegen de ellos. Además, destaca las positivas emanaciones resinosas del pinar que lo rodea, capaces de frenar la descomposición y de momificar a los seres vivos…

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Descripción del término de Arafo en 1798

     Este artículo se centra en la primera descripción conocida del término de Arafo tras su segregación de Candelaria, que se produjo el 3 de enero de 1798. Corresponde a un informe redactado a finales de ese mismo año probablemente por el fiel de fechos del primer Ayuntamiento o alcaldía real, don Domingo González García, aunque en su elaboración sin duda participó el alcalde real, don Felipe Marrero de Castro, en respuesta a las 47 preguntas incluidas en una instrucción remitida por el Gobierno de España a todos los pueblos del Reino, para que éstos se lo remitiesen al intendente provincial.

     En ella se describe sucintamente el lugar y se especifican los grupos de edad de la población, por sexos; el número de casas; los oficios o actividades profesionales; los cargos y empleos públicos; y el personal adscrito a la vida militar y religiosa de la localidad. También se señala la dependencia de las tierras del Convento agustino de La Laguna. En síntesis, una interesante visión de esta jurisdicción a finales del siglo XVIII…

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Arona en 1930, según el artículo “El Sur de Tenerife” del obispo Fray Albino González Menéndez-Reigada

     El interesante artículo “El Sur de Tenerife” fue publicado en junio de 1930 en el periódico católico Gaceta de Tenerife por el obispo de esta Diócesis, Fray Albino González y Menéndez-Reigada, en sucesivas entregas. En él relata la visita que había efectuado a las parroquias del Sur de Tenerife, de la que en este artículo nos hemos limitado a su estancia en el municipio de Arona. Llegó al pueblo de Arona el 18 de marzo de 1930 y continuó hasta el 19, coincidiendo con la festividad de San José. En su bella crónica se centra, como era de esperar, en la detallada descripción de los distintos templos del término. Además de describir el recibimiento que se le hizo en la parroquia matriz, detalla las misas que presidió. Pero otra aportación valiosa de esta crónica es el detenerse a analizar las carencias o los proyectos de mejora que existían por entonces en este municipio. Se lamenta de la falta de una buena carretera de enlace del Valle de San Lorenzo con la Carretera General del Sur, que ya había reclamado; visitó la Caldera de Arona, situada en una finca del entonces alcalde don Eugenio Domínguez Alfonso, en la que se proyectaba la construcción de una presa o pantano que permitiría el riego de toda la zona costera del término, con la consiguiente riqueza económica; destaca en la bahía de Los Cristianos sus inmejorables condiciones para establecer el aeropuerto internacional de Tenerife, así como su puerto, cuya actividad creciente había permitido el crecimiento de la población, destacando el papel de un consejero del Cabildo de Tenerife, don Juan Bethencourt Herrera, en las gestiones para llevar a cabo las obras de mejora en el Sur de la isla. En fin, se trata de un trabajo de gran interés para conocer algunos aspectos religiosos, sociales y económicos del municipio de Arona en los albores de los años treinta del pasado siglo XX, seis años antes del inicio de la Guerra Civil, que tanto alteró la vida de estos pueblos y de toda la nación.

     El autor del artículo, Fray Albino González y Menéndez-Reigada (1881-1958), fue un destacado sacerdote dominico, Ldo. en Filosofía y Letras, Doctor en Teología y Derecho Civil, obispo de Tenerife y de Córdoba, escritor y predicador, que tuvo una polémica actuación durante la Guerra Civil y una fuerte vinculación con el Régimen de Franco…

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El municipio de Fasnia en el segundo cuarto del siglo XIX

     Aunque no era frecuente que los viajeros pasasen en sus visitas a Tenerife más al Sur de Güímar, sobre todo debido a las dificultades de las comunicaciones, hemos localizado nueve descripciones o referencias a Fasnia en el segundo cuarto del siglo XIX, extraídas de otras tantas publicaciones, posteriores a la segregación de este término del de Arico, en 1795.

     De ellas, la descripción que aporta más información es la de Pascual Madoz, aunque tanto la de Francis Coleman Mac-Gregor como la de José Valentín de Zufiría y José Joaquín Monteverde también incluyen datos de interés. Por su parte, las referencias de Browne y Berthelot se centran en aspectos etnográficos, sobre los enterramientos guanches del Barranco de Herques y la pervivencia de las tradiciones de los antiguos pobladores en esta comarca. Las restantes prácticamente se limitan a datos demográficos. Algunos de los autores también aportan mapas de Tenerife, en los que figura el pueblo de “Fasnea”.

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Descripción del término de Candelaria en 1798

     Este artículo se centra en la primera descripción conocida del término de Candelaria tras la segregación de Arafo, que se produjo el 3 de enero de 1798. Corresponde a un informe redactado a finales de ese mismo año por el fiel de fechos del Ayuntamiento de Candelaria, don Luis Pablo Ramos, en respuesta a las 47 preguntas incluidas en una instrucción remitida por el Gobierno de España a todos los pueblos del Reino. Aunque no se desglosan los distintos pagos, que ni siquiera se nombran, en ella se especifican los grupos de edad de la población, por sexos; los oficios o actividades profesionales; los empleados y edificios públicos; y el personal adscrito a la vida militar y religiosa (tanto de la parroquia como del convento). En síntesis, una interesante visión de esta jurisdicción a finales del siglo XVIII.

     El autor, don Luis Pablo Ramos y Tapia (1735-1813), nacido en Sevilla y fallecido en Tacoronte, hijo de padre canario, se estableció con su familia en Candelaria, donde el Sr. Ramos fue nombrado fiel de fechos del Ayuntamiento en 1797-1798 y elegido alcalde real del mismo en 1807; aún vivía en esta localidad en 1810, al solicitar el empleo de oficial de Milicias para su hijo.

     Según el anterior informe, el término de Candelaria contaba por entonces con 1.475 habitantes, con una clara descompensación por sexos, pues de ellos 608 pertenecían al género masculino y 867 al femenino; suponemos que en ese elevado desfase tenía mucho que ver la fuerte emigración de hombres a América, en busca de mejor fortuna. Toda la población vivía en casas útiles, salvo tres que estaban en ruinas. De los hombres, 201 se dedicaban a la agricultura y 12 a la ganadería. En la mar trabajaban 65 hombres, a pesar de lo cual no existía ningún matriculado en la Marina, con objeto de prestar el servicio militar en ella. El resto de los oficios masculinos se repartían entre los siguientes: 8 comerciantes de mosto, uno de los cuales exportaba a América; 8 zapateros; 2 carpinteros, con 2 aprendices; 2 cocineros, uno de los cuales era jorobado; 3 taberneros y aguadores; 4 fabricantes de aguardiente; y 3 criados. Pero no existía ningún cazador de oficio y tampoco había cereros (que fabricasen velas), por lo que se vivía a oscuras. En cuanto a las mujeres, aparte de atender la casa, cuidar de los hijos y colaborar en las labores agrícolas o ganaderas, la mayoría de las que vivían en las medianías eran tejedoras de lino y, en menor medida, de lana; mientras que las del casco se dedicaban sobre todo a fabricar losa, gozando de notable prestigio como alfareras. También existía una sirviente…

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El artículo: “Unas líneas / En Vilaflor”, de Nicolás Mingorance (1926)

    El artículo “Unas líneas / En Vilaflor”, publicado en El Progreso el miércoles 4 de agosto de 1926 por el periodista y poeta don Nicolás Mingorance Pérez, comienza con una corta, pero poética descripción de Vilaflor de Chasna, según lo contempló el autor al llegar a dicho pueblo al amanecer de un día de julio, destacando la tupida vegetación de sus campos y el fondo montañoso rematado en la cumbre con El Sombrerito, todo cubierto de pinos. Continúa con el camino de acceso lateral, bordeado de árboles; la iglesia, con los tres cipreses centenarios, que aún crecen en su frente; su plaza, poco acogedora y muy triste a esa hora; sus calles empinadas y sus pequeñas casas agrupadas. Luego, con la salida del Sol, destaca como se rompe el silencio y el calor del verano se deja sentir, en contraste con el invierno en el que se cubre de nieve. Posteriormente, se centra en la fonda en la que se iba a alojar, situada en lo alto del pueblo, en la montaña de San Roque y junto a la ermita que le daba nombre, lugar desde el que se contempla Vilaflor en toda su belleza, con sus árboles frutales (cirueleros y almendreros), además de los pinos. A continuación, habla del inmediato Sanatorio del doctor Rodríguez López, instalado para aprovechar el clima tan saludable de esta localidad, en el que trataba a enfermos procedentes de la Península y del extranjero, que enseguida apreciaban una mejoría en su salud, que los llenaba de júbilo.

     En la visita detenida que efectuó por el pueblo, se le presentaron las dos personas de mayor relieve intelectual que allí residían: don Germán Fumero Alayón (1846-1936), reconocido poeta y polifacético hombre público, quien ostentó los cargos de secretario del Ayuntamien¬to, alcalde, juez municipal, sochantre y organista de la parroquia y cartero rural; don Manuel Rodríguez Escalona (1894-1967), culto escritor, propietario de una fonda y cónsul de Cuba, casado y fallecido en dicho pueblo; y don Pablo González Morera, secretario del Ayuntamiento, oficial agregado y piloto de la Marina Mercante española, cabo de Infantería, ex-secretario de la Sociedad “Luz y Vida”, escritor y conferenciante. Destaca la obra poética del viejo poeta chasnero, cantor de todos los rincones del municipio, quien le habló del mismo con entusiasmo juvenil, a pesar de superar los 80 años. Mientras que del escritor cubano destacó su romanticismo, así como su amor por la belleza y el clima de Vilaflor. Señalando que ambos participaban en las frecuentes fiestas literarias y participaban en todas las iniciativas que redundasen en el progreso local. Concluye su artículo insistiendo en la belleza del pueblo y en la próxima terminación de la carretera que lo comunicaría con Granadilla y que, una vez completada la Carretera General del Sur, le permitiría adquirir la importancia que merecía en el contexto insular y salir del abandono en el que había estado sumido este municipio.

     Pocos meses después, el 17 de febrero de 1927, don Nicolás Mingorance participó en una velada literaria celebrada en Vilaflor, en la casa del secretario del Ayuntamiento, don Pablo González Morera. Asimismo, en noviembre de ese mismo año 1927, colaboró con 10 pesetas al homenaje que se le iba a tributar en Vilaflor al viejo poeta don Germán Fumero Alayón a finales de ese año o comienzos del siguiente, en el que también intervino.

     El autor, don Nicolás Mingorance Pérez (1903-1999), natural de Santa Cruz de Tenerife, fue actor cómico-dramático, poeta, periodista, directivo de varias sociedades culturales y deportivas, presidente de la Asociación General de Empleados de Comercio, Industria y Banca, presidente de la Sección de Tejidos, Sombrererías y Peleterías, dirigente de la Agrupación Socialista Tinerfeña y concejal del Frente Popular de Santa Cruz, preso político fugado, sargento del Ejército Republicano y exiliado en Chile, donde murió…

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El artículo “Pequeña descripción del Valle de Güímar” de N. H. G. (1892)

     Este artículo o reportaje periodístico fue publicado en el Diario de Tenerife el 5 de abril de 1892 (pág. 2) y firmado por N.H.G., iniciales que creemos corresponden a don Nicolás Hernández González (1838-1914), Bachiller, maestro y comerciante, natural de La Laguna y establecido en Güímar, donde contrajo matrimonio y falleció, siendo la única persona con esas iniciales que por entonces residía en dicha localidad y poseía la suficiente cultura para escribir este interesante trabajo.

     En la interesante descripción que nos ocupa, en primer lugar se analiza orográficamente el Valle, destacando los accidentes que lo remarcan, su suave pendiente y las montañas que sobresalen en la costa (Montaña Grande y Montaña de los Guirres). A continuación se compara con el de La Orotava, del que lo diferencia su menor verdor, pero al que supera tanto por su cielo despejado como por su aire seco y saludable durante todo el año. Se hace hincapié en las brisas frescas del Norte, que cesan con la puesta del sol, haciendo que los atardeceres sean apacibles e inviten al paseo y las excursiones, mientras que las noches son plácidas y frescas, por lo despejado del cielo. Se resalta su clima templado y sus escasas lluvias, lo que condiciona que la costa sea árida, pero no así las zonas altas y las medianías, donde dominan los cultivos variados, que prosperan gracias al riego. La abundancia de agua en esa época procedía de dos manantiales perennes, que discurrían por los barrancos de Badajoz y El Río, que el autor describe con detalle. En el Barranco del Río destaca sus numerosas fuentes, con saltos y cascadas, el espesor del bosque de laurisilva, los precipicios y los senderos que lo recorrían. Por su parte el de Badajoz, sobresalía por las impresionantes laderas, elevadísimas y verticales, que aún sobrecogen al visitante, así como por la hermosa cascada que existía y la “Cueva del Culantrillo”, con el agua rezumante y la flora que tapizaba sus paredes. Mencionando luego los caminos que llegaban hasta dichos lugares, pendientes, pero sin peligro, que podían recorrerse en bestias. Luego se refiere a la Carretera General del Sur, deteniéndose en un punto de la misma, la “Cortada”, en la parte superior de La Ladera, desde el que se domina todo el Valle (donde luego se instalaría el Mirador de Don Martín). Ello permite al autor reproducir una interesante descripción del paisaje que desde allí se contempla, debida al culto sacerdote lagunero don Ireneo González, oriundo de Güímar por su madre. Finalmente, recomienda al viajero que desde la cumbre se detenga en un lugar desde el que se observan los dos valles opuestos y casi simétricos, a la vez que se pueden contemplar las dos corrientes de lava histórica (de 1705), que partiendo del Volcán situado entre los Roques descendieron hacia el mar, poniendo en peligro a las localidades de Güímar y Arafo.

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El artículo descriptivo-literario “La villa de Adeje” (1892)

     Este artículo, publicado en El Liberal de Tenerife el 25 de agosto de 1892, hace un recorrido por los principales aspectos del municipio de Adeje en 1892. Comienza con una descripción de la villa, en la que destaca la belleza de su paisaje, barrancos, medianías y costa, haciendo hincapié en la feracidad de su suelo y sus abundantes aguas, que podrían haber multiplicado su población si no hubiese sido por su trayectoria política caciquil, marcada por el dominio absoluto del Señorío. Luego destaca los tapices gobelinos que por entonces se conservaban en la iglesia parroquial, restos de la antigua magnificencia del Marquesado de Adeje. Para centrarse a continuación en la Casa Fuerte, sede del Señorío y edificio más emblemático no solo de la villa sino, probablemente, de todo el Sur de Tenerife, que describe tanto desde el punto de vista arquitectónico como político-social. Posteriormente, dedica una gran parte del artículo a una curiosa anécdota sobre la pompa con la que vivía el Marqués-viejo, a pesar de las dificultades económicas que sufrió, y su tirante relación con el Rey Fernando VII. A continuación, dedica unos párrafos al bello Barranco del Infierno, con su riqueza vegetal y animal, sus angostas laderas, su cascada y riachuelo, sin duda el atractivo natural más importante del municipio y uno de los más notables de la isla. Asimismo, destaca el valor de unas aguas recién descubiertas y que podrían tener un gran valor medicinal, atribuyendo el descubrimiento a dos hermanos, destacados maestros y personajes públicos de la propia villa. El artículo se centra al final en el carácter de sus habitantes, su afición por la música, el canto y el baile, ese regocijo popular que les permitía olvidar la pobreza en la que vivían. Dedica un apartado especial a la mujer adejera, poniendo en valor su honestidad, alegría, sinceridad, aseo y fidelidad, destacando con especial énfasis su duro trabajo y el constituir el núcleo central de la familia. Por el contrario, concluye con una costumbre masculina negativa, que incorpora en tono de broma.

     De momento no sabemos con seguridad quien era el corresponsal de El Liberal de Tenerife en la villa de Adeje en dicho año, pero casi con total seguridad se trataba de alguno de los siete adejeros, de nacimiento o adopción, que reseñamos a continuación, pues por esa época eran los únicos que tenían suficiente preparación para asumir dicha responsabilidad, aunque dos de ellos figuran en el texto como “amigos” del posible autor: don Miguel García Alfonso (1834-1921), don José Ledesma (1842-1894), don Petronilo Casañas García (1847-1908), don Fernando Jorge García (1854-?), don Eduardo Díaz Ledesma (1856-1954), don Manuel Bello Ángel (1867-1952) y don Fermín Fraga y Fraga (1870-1917). De todos ellos, nos inclinamos por el último, a pesar de que tendría 22 años al publicarse este artículo, sobre todo teniendo en cuenta su cualificación profesional y su afición por la historia de Adeje, que dejó plasmada en varios artículos publicados en la prensa de la época…

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La religiosidad, la vida social y la situación económica en el municipio de Arona, según la Santa Misión de 1965

     Hace poco más de medio siglo, en 1965, se celebró una Santa Misión en la isla de Tenerife, una vez concluidas las realizadas en las demás islas de la Diócesis Nivariense. Después de un asesoramiento previo, el obispo de la Diócesis, don Luis Franco Cascón, dispuso que se celebrara dicha Misión empezando por el Sur de la isla y siguiendo un orden geográfico, desde la parroquia de Santiago del Teide hasta la de Barranco Hondo. Tuvo lugar entre la segunda semana de mayo y la segunda de julio, evitando la época de la zafra del tomate, que solía trastocar la vida en el Sur al ocasionar un considerable trasiego de personas, dedicadas en esos meses casi exclusivamente a dicho trabajo, “de día y de noche sin descanso”. Al final de la campaña se tuvo que hacer una ligera variación, para que no coincidieran las fiestas patronales de San Pedro de Güímar con la Santa Misión. Pero resultó interesante el que el Valle de Güímar quedase para el final, con el fin de que la concentración que se planteaba en Candelaria como clausura estuviese más nutrida, como así ocurrió. La dirección de esta campaña misional fue encomendada por el citado obispo a un prestigioso sacerdote jesuita, el padre Sebastián Puerto, director del Centro Misional del Beato Juan de Ávila, en Montilla, a quien acompañarían otros siete padres jesuitas de la Península, más cuatro padres paúles y dos dominicos de Candelaria. Con algo más de un mes de anticipación se desplazó a esta isla el director, con el objetivo de conocer el terreno, tomar contacto con todos los párrocos de cada Arciprestazgo y planear la Santa Misión según las necesidades de cada parroquia, lo que motivó la confección de un estudio sociológico previo en cada una de ellas. La idea que presidió el plan fue “que no quedara ningún grupo de personas, algo notable, sin que llegara a él la gracia de la palabra de Dios”; por ello, dicha misión se extendió a un total de 73 centros, entre parroquias y barrios.

     El municipio de Arona estaba constituido por numerosos núcleos de población y contaba por entonces con tres parroquias, una de ellas muy reciente: San Antonio Abad (creada en 1796), San Lorenzo Mártir del Valle de San Lorenzo (creada en 1929) y Nuestra Señora del Carmen de Los Cristianos (creada en 1963), que reunían una población de hecho de 1.401, 2.497 y 2.896 habitantes, respectivamente. Se establecieron centros misionales en las tres parroquias, así como en los barrios de Los Frailes, Las Galletas, Buzanada y Cabo Blanco, donde a falta de templos, o por su escasa capacidad, se utilizaron los cines y algunos salones de empaquetado. A continuación, vamos a analizar como tuvo lugar la Santa Misión en este municipio, tal como fue descrita por los propios misioneros jesuitas que la llevaron a cabo en cada uno de dichos centros misionales (parroquias o barrios), lo que nos permite conocer como era por entonces la vida religiosa y social, así como la situación económica, en los distintos núcleos que integraban el término municipal, con datos a veces muy curiosos…

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