De origen guanche, cuando dicha circunstancia pesaba como una losa si se intentaba ocupar un puesto destacado en la sociedad canaria del siglo XVI, don Fernando Díaz de Vera no sólo se sintió orgulloso de su sangre, sino que logró ser respetado y apreciado por cuantos le conocieron. Sus notorias dotes personales, le permitieron alcanzar el título de Doctor en Sagrada Teología y situarse, primero como arcediano de Tenerife y luego como tesorero, entre las cuatro primeras dignidades del Cabildo Catedral de Las Palmas de Gran Canaria, único por entonces del archipiélago, a pesar de encontrarse en inferior situación social que los restantes miembros y ser uno de los más jóvenes del mismo. Su prestigio también le permitió obtener los nombramientos de calificador y notario del Santo Oficio de la Inquisición. Como curiosidad, luchó con las armas en la mano con motivo de los ataques de piratas que sufrió dicha capital. Fue, sin duda, el primer sacerdote de relieve nacido en las Bandas del Sur y uno de sus hijos más ilustres de todos los tiempos.
Nuestro biografiado nació en la comarca de Chasna o Abona hacia 1555, siendo hijo de don Diego Díaz de Vera y de doña Inés González, ambos de nobles familias guanches; y recibió el bautismo en la iglesia parroquial de San Pedro de Vilaflor, como así lo declaró en su testamento. Conviene destacar la ascendencia paterna de nuestro biografiado, ya que era nieto de don Diego Díaz y de doña Luisa de Vera y bisnieto en línea directa de Don Diego de Adeje, último mencey de este bando, quien usaba anteriormente el nombre de Pelinor y que tras la conquista fue probablemente el único de los menceyes de la isla que continuó viviendo en ella hasta su muerte, siendo obsequiado además con el título de “Don” y la concesión de importantes repartimientos de tierras…
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